Un lunes de mucho frío que recuerdo con alegría…
«Creo que me he puesto el calcetín del revés y nadie se ha enterado. Éste es un pesado y en cuento pueda hablar le diré que es idiota y que siempre molesta cuando hago cosas importantes. Ahora creo que no tengo tiempo para decírselo porque ya huele a café. Y cuando huele a café normalmente hay que salir corriendo. Qué sueño. Esta mochila me pesa y no sé bien qué hay dentro. Vamos al cole, sí, sí…todavía no ha llegado el día de dormir y jugar por la mañana. Qué día es hoy?
Estos edificios altos de al lado de casa no son muy bonitos. Entran y salen personas que no son como yo. No tienen nada que ver. Son grandes y van vestidas de negro o gris. Corren y entran y salen. Solo les veo hacer eso cuando voy con mamá al cole.
Hoy vuelve a estar esa persona en esa moto. Creo que es una moto lo que lleva porque mamá me dijo un día que hay que tener cuidado con ellas porque son peligrosas. Las que hacen ruido y solo tienen dos ruedas. Esa persona va en una moto y tiene una bola blanca brillante en la cabeza. Se parece a los bichitos de Gru, mi villano favorito! Es uno de ellos!?! Solo le veo un ojo! O son dos? Creo que es un casco como el que llevan en Gru. Mira, mira, tiene dos ojos! Uno más que los Gru! Se está riendo como hacen los bichitos de Gru?! Esa persona siempre está en ese paso de cebra y luego se va. Nosotros cruzamos y ella se va. Es como los de Gru, y luego se va. Qué graciosa!»
Es en ese momento cuando me alegré. Mi alegría de día empezó ahí. Esa niña que cruzaba el paso de cebra como cada día y yo que me paraba en el mismo semáforo como cada día, al lado del trabajo. Su madre, su hermano y ella viven cerca de mi oficina y llegan tarde a clase en un colegio que está justo delante. Muchas veces les veo cruzar y llegar tarde, como yo. Ese día hacía frío y yo llevaba una bufanda de lana gorda enrollada al cuello, justo por debajo del casco. No se me veían más que los ojos a través de la visera abierta. Esa niña me hizo gracia porque iba, como muchas otras, trotando a marchas forzadas arrastrada por la mano de su madre, que también llegaba tarde.
Fue justo cuando cruzaba el paso de cebra cuando la niña miró a través de mi visera, mirando hacia atrás, mientras seguía trotando y dejando saltar su mochila en la espalda. Era una niña rubia con los ojos verdes brillantes. Me hizo tanta gracia que sonreí, sabiendo que ella solo alcanzaría a verme los ojos dentro del casco, no la sonrisa.
Pero ella sonrío, porque los ojos dentro de ese casco que le miraban, sonreían. No sabía cómo pero sonreían. Como los bichitos de Gru. Y luego se fueron.
